En toda empresa industrial hay un puesto que se nota sobre todo cuando falta. Mientras la planta funciona, nadie lo menciona. Cuando falla un muelle un lunes por la mañana, o resulta que el certificado de la instalación contra incendios está caducado, o hay que cerrar medio pasillo del almacén porque alguien golpeó un montante y no lo comunicó, todo el mundo sabe perfectamente a quién le suena el teléfono.
Qué abarca el trabajo
La descripción cambia de una empresa a otra, pero el contenido suele ser el mismo en cuatro frentes.
- Mantenimiento y gestión de activos. Mantener los equipos, las instalaciones y el propio edificio en un estado en el que la operativa pueda confiar, lo que implica conocer ese estado y no suponerlo.
- Espacio y recursos. Decidir cómo se usan la superficie, la energía y el flujo de mercancía, y revisarlo cuando la operativa cambia, cosa que ocurre más a menudo que un cambio de edificio.
- Seguridad y cumplimiento. Asegurar que la planta cumple lo que exigen la prevención de riesgos y la normativa ambiental, y poder demostrarlo, que es una tarea distinta de cumplirlo.
- Proveedores y servicios. Elegir y coordinar a las empresas que hacen el mantenimiento, la limpieza, el clima, las inspecciones y las obras, y hacer que se atengan a lo acordado.
El mismo trabajo con varios nombres
El término inglés está asentado, y sus equivalentes europeos no siempre son una traducción directa. Según el país, el sector y el tamaño de la empresa, las mismas responsabilidades recaen en un jefe de mantenimiento, un director de planta o de operaciones, un responsable de servicios técnicos o un responsable de infraestructuras, y en una empresa pequeña recaen en quien lleva más años y sabe dónde están los planos.
El cargo importa menos que el patrón, que se repite: hay una persona que responde de si el edificio deja a la operativa hacer su trabajo.
Por qué es invisible
Un buen facility management produce ausencia de incidentes, y una ausencia es difícil de meter en un informe. Un año en el que no se paró nada parece, sobre el papel, un año en el que no pasó nada. Esa es la dificultad estructural del puesto: sus aciertos son invisibles y sus fallos se ven muchísimo, lo que convierte la conversación sobre presupuesto en algo más duro de lo que debería.
La salida es medir antes del incidente y no después. Las paradas evitadas solo resultan creíbles si las paradas se estaban contando de entrada, y lo mismo vale para el consumo energético, para las no conformidades cerradas dentro del mes y para lo que tarda una reparación correctiva desde el aviso hasta el arreglo.
Un puesto que se ha vuelto estratégico
Lo que ha cambiado en la última década es dónde se toman las decisiones. Hoy se espera que un facility manager tenga criterio sobre si conviene ampliar el edificio o meter más dentro del que hay, sobre qué le hace al centro un cambio en el precio de la energía a cinco años, sobre cómo encajaría la automatización en una nave proyectada cuando nadie la contemplaba, y sobre qué va a exigir el reporte el año que viene.
Eso es un trabajo estratégico ejercido con casco, y es la razón por la que merece la pena nombrar bien el puesto.
Rejuva trabaja para quien lo ocupa. Asumimos los proyectos que salen de esas decisiones, los planificamos alrededor de una operativa que tiene que seguir funcionando y los ejecutamos con un único interlocutor, para que la coordinación no sea otra línea más en una lista que ya es larga.